lunes, 1 de mayo de 2017

Agustín: militante, subversivo y revolucionario

Agustín recibió y entró un imperio. Durante su vida, administró el capital económico, cultural y político de su famila de forma óptima a sus propósitos, transformándose en uno de los chilenos más influyentes y decisivos desde el último tercio del siglo XX, siendo símbolo del poder y su resguardo.
Agustín eligió ser un militante fanático de las ideas de su clase, teniendo como objetivo transformar la realidad sin importarle mucho los medios empleados con tal de conseguir sus fines.
El Mercurio se transformó en una trinchera y en un arma que no escatimó recursos en derrotar a sus enemigos por cualquier medio. El perdiodismo realizado desde 1970 se transformó en subvesivo y desde 1973 en revolucionario, adquiriendo anteojeras ideológicas que sólo permitía observar ese espacio de realidad que legitimaba su posicisión y/o golpeaba a sus contrarios.
Frío, calculador, artero y brillante, Agustín tuvo una red de contactos notable y una voluntad inquiebrantable para conseguir sus propósitos. No cualquiera llega a la Casa Blanca, algunos pocos logran la atención del presidente-emperador y menos logran influir en sus decisiones. Con Agustín, la CIA no contaba con un informante o un agente, sino con un aliado, y sin realizar una inversión multimillonaria, como cabeza de un imperio periodistico aseguraba llegar al corazón y a las mentes de miles de chilenos de elite y clase media, informándos sobre los múltiples desastres del gobierno de la Unidad Popular, lo cual no era una tarea muy dificil, pero con titulares y redacciones grandilocuentes, se amplificaban o se  evaluaba al presidente de forma artera.
Diariamente, El Mercurio se tranformó en el megafono de las clases dominantes y fueron su bastión, liderando la subersión  al gobierno de forma pública y privada, asumiendo riesgos tremendos como empresa y como familia, pero los tiempos no estaban para tímidos ni pusilánimes. Era la guerra. Agustín asumió el rol de defensor de la libertad-liberal-burguesa ante el primer gobierno socialista elegido por las urnas y, gracias a la políticas implementadas, no le fue dificil acertar golpes que socababa la base de social de apoyo a Salvador.
Basta decir que su influencia fue decisiva para el derrocamiento final del régimen revolucionario y que muchos lectores del El Mercurio celebraron con champaña la precisión milimétrica de los pilotos de los Hawker Hunter, al igual que él, su familia y su grupo social.
Pero desde el 12 de septiembre la historia cambiaba y el subversivo tenía que tomar una decisión: seguir defendiendo los principios de la democracia y la libertad o apoyar al régimen dictatorial. Obviamente Agustín no era un desinformado y sabía que poder real apostaba por un cambio de enfoque económico, aunque no se sabía de la magnitud del giro. No obstante, Agustín apostó desde un comienzo por la Junta Militar y se plegó a la difusión de la información oficial gubernamental, sin realizar mayores cuestionamientos ni miramientos. Además, La falta de competencia en los medios escritos, lo tranformó en el lider indiscutido de la prensa "seria", "imparcial",  "chilena", "patriota" y, por lógica simple: antimarxista, izquierdista u oposición.

Desde 1973, su difusión de las violaciones a los derechos humanos, los desaparecidos, los exiliados, las protestas y las crisis económicas fueron francamente vergonzosas e incluso canallescas. Pero privlegió a sus intereses ante que los buenos modales. Agustín fue un fiel representante del periodismo militante radical y en eso fue siempre consecuente.

Agustín no fue consecuente con sus argumentos frente al gobierno socialista. Aceptó la dictadura militar cruenta y colaboró activamente en difundir en sus páginas el milagro económico chileno, enalteció la figura de Augsto y ofreció distractores que orientaban la oponión pública.
La dictadura adquirió años, se consagró una constitución fiel a sus principios y las cosas en cuanto a apoyo popular del régimen disminuía poco a poco. En ese contexto, El Mercurio dedicó un par de editoriales no tan genuflexas sobre el estado de las cosas, lo que llevó a un conflictos entre ambos poderes, el que culminó con el despido de un director que se atrevió a generar un par de criticas tibias.
A principios de la década de los ´80, la realidad golpeba duramente a los chilenos. La represión, la grave crisis económica y el desempleo caldeaban los ánimos y las protestas populares apuntaban a derribar al régimen. En ese escenario, nuevamante Agustín se atrincheró y fue otra vez un brazo armado para la sobrevivencia de la dictadura, o llegado el momento, de su legado.
Agustín apoyó a Augusto en el plebiscito y se abanderó por los candidatos de la derecha política hasta su muerte y estuvo en desacuerdo con cualquier política que oliera a cambios, auque fueran cosméticos. Desde sus páginas, El Mercurio fue uno de los cancerberos de la constitución y la cultura católica, pero fue ampliando sus espacios políticos en medida que la democracia llegaba, se consolidaba y no le oponía un rival de peso a su imperio periodistico, llegando en algunos gobiernos  a fomentarlo. De este modo, la Concertación tomó al diario de Agustín como fuente confiable y barómetro de la política chilena, siendo su sección dominical una lectura obligada para la clase dirigente del país.

Cuando la democracia estaba en pañales, se produjo el secuestro de uno de sus hijos, el que se extendió meses, llegando a un intercambio monetario por la vida del muchacho. La elite central se alineó con la familia durante el proceso de negociación y lo apoyó en cuanto pudo. En una de sus pocas entrevistas, al ser consultado con respecto a al secuestro y los DDDD, soltó una frase de antología que lo representa: fría  y militante.
Agustín no olvidó a Augusto y lo acompaño en su otoño que comenzó a partir de su detención en Londres. Durante meses, la libertad de su aliado fue un eje de sus editoriales. Su regreso a Chile fue celebrado, su pérdida de poder, matizada con criticas al poder judicial. La edición sobre la muerte del General fue un panegírico y año tras año sus páginas recuerdan la memoria del gobernante de facto.

Sus batallas, ya subterráneas, vieron la luz cuando hizo pública una carta de Ricardo, en ese entonces segundo presidente socialista en lelgar al cargo, reclamándo por el trato a su familia.
Ya en sus últimos años, Agustín se dedicó a distintas ONG, en espacial a una dedicada al combate de la delincuancia común, y a insistir en la democracia y la libertad como valores fundamentales del Chile que soñaba.
No obstante, su combate ante la nueva amenaza de socialismo-populismo que significó el holgado triunfo de Michelle en su segundo manadato, fue firme pero no virulento, siendo su competencia la quien asertó un golpe mortal a la voluntad de poder del gobierno, involucrando a la familia presidencial en negocios turbios, restándole valor simbólico y apoyo popular.
También fue noticia fugaz por aparecer en unos papeles de Panamá,  donde, junto a otras personalidades mundiales, fueron acusados de poner su dinero en paraísos fiscales para reducir impuestos.
En 2017 y luego de una larga agonía, murió sabiendo que los ideales por los que tanto luchó en su vida, por lo menos se manetendrían por una generación.
Su figura transita entre el odio parido de sus enemigos a quienes derrotó o apoyó a derrotar cruelmente y las loas de su clase que lo sitúa como un ejemplo casi legendario de lucha y consecuencia.
Agustín fue uno de los chilenos más importantes del siglo XX. Un Perro Grande con mayúscula. Un fanático. Un imperdonable que intentó legar un país casi a su imagen y semejanza.

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